El debate del debate
Francisco Ledesma
Estamos a una semana de que se lleve a cabo el primer debate entre los cuatro candidatos presidenciales, de dos ejercicios deliberativos que organizará el IFE de cara a las elecciones de julio próximo. El punto de quiebre, y de formación entre la opinión pública, debe rebasar el asunto anecdótico de un debate más en la historia mexicana, algo que ya se viene haciendo costumbre, por fortuna, desde aquel encuentro entre Ernesto Zedillo, Diego Fernández de Cevallos y Cuauhtémoc Cárdenas en 1994.
Cuando está en juego la Presidencia de la República, los electores estamos en condiciones de exigir definiciones, y que los candidatos dejen a un lado las ambigüedades que caracterizan a las campañas electorales. En la ruta democrática que el país se plantea, se debe dejar de lado los lugares comunes sobre el combate a la pobreza, la mejora educativa, la generación de empleos y el cúmulo de promesas electorales que hoy proliferan.
Desde hace más de dos décadas, el país discute sin resultados, la necesidad de impulsar las famosas reformas estructurales: la energética, la laboral, la fiscal, la política. Pero mientras los candidatos se encuentran en campaña sólo lanzan planteamientos superficiales, de que sí se requieren las reformas legales, pero no dan nitidez sobre su postura en cada caso en particular. Son cuidadosos de su discurso, de su posicionamiento, y evitan a toda costa asumir los costos políticos que implicarían sus definiciones.
Estéril será el debate, si lo único que planteen los candidatos presidenciales el próximo 6 de mayo sea una recapitulación de sus spots, que saturan el espacio radioeléctrico desde que iniciaron las campañas electorales. Por muy cortos que sean los tiempos de intervención –dos minutos por aspirante- para cada uno de los temas allí acordados, sería imperdonable que los candidatos dejen pasar la oportunidad para plantear sus verdaderos postulados políticos.
De nada servirá que el debate se convierta en un spot de dos horas, donde las vaguedades se extiendan en cadena nacional. Los electores, y en específico, aquellos que vean o escuchen el debate, requieren de un diálogo abierto, deliberativo, y que les permita saber qué proponen respecto a Pemex, cuáles son sus planteamientos en materia energética, hasta dónde contemplan la participación de la iniciativa privada en el sector, y qué resistencias podrían encontrar al interior de sus partidos. El debate de fondo es la exigencia.
Llegar al debate con la formulación de una reforma laboral, será de poca utilidad, sin antes tener de por medio claridad de cuál es su postura respecto de los sindicatos, cómo generar mejores condiciones de contratación laboral, cómo incentivar la inversión en el país, qué proponen para los recién egresados y abatir el lastre de los nini´s que aqueja a los jóvenes, y cómo enfrentar los obstáculos ante líderes sindicales que ya se alistan a formar parte de la legislatura federal por la vía plurinomonal.
El país, reconoce, que existe una baja recaudación fiscal, pero nadie está dispuesto a pagar más impuestos. La evasión fiscal es una recurrente entre los mexicanos, y el subempleo y la informalidad hace que los contribuyentes cautivos sigan pagando las consecuencias de un sistema tributario insuficiente e ineficaz. Pero hacia dónde pretende cada uno de los candidatos guiar al país en materia fiscal, quién esconde en su plataforma gravar alimentos y medicinas, cómo obtener mayores recursos, usarlos con mayor eficiencia, evitar los subejercicios, y atender los temas de transparencia, por ello se requiere, insisto, que los candidatos asuman sus definiciones.
No cabe duda, que la reforma política aprobada esta semana en la Cámara de Diputados, ha resultado incompleta. Pero quién está dispuesto a la reelección y por qué, quién se opone y bajo qué argumento. Quién podría asegurar que está dispuesto, junto con su partido, a la reducción de legisladores plurinominales. Cuál es el planteamiento de cada uno de los candidatos para que una vez que llegue a la Presidencia de la República, plantee una relación de consensos, acuerdos y respeto entre los poderes Ejecutivo y Legislativo.
A casi un mes de campañas electorales, la vacuidad de los discursos impregna las pantallas de televisión. Pocos espacios noticiosos que inundan las radiodifusoras incentivan el debate de los grandes temas. Los partidos rehúyen a la toma de definiciones, y prefieren profundizar sobre guerras sucias, elevar el tono de sus denostaciones, atender sus gastos de campaña, hacer mella de los errores de sus rivales, pero no están dispuestos a asumir los costos políticos que implicaría determinar hacia dónde caminar en su posible mandato.
Campañas van, campañas vienen. Elecciones van, elecciones vienen. Candidatos van, candidatos vienen. Encuestas van, encuestas vienen. Y lo mismo podría ocurrir con los debates sin una consecuencia real de lo qué ocurre en el país.
El debate del 6 de mayo, no puede, y no debe convertirse en un concurso de popularidad, ni tampoco en un concurso de oratoria. Se trata de una oportunidad histórica para definir a dónde queremos llevar al país.
La tenebra
Hay quien desmiente la premisa de que las elecciones se ganan con maquinarias, y puede que tenga razón, pero eso depende de los debates, pero sobre todo de los debatientes. Veremos qué tan dispuestos están en ganar votos por sus definiciones, con el riesgo claro, de perder otros.